

Textos sobre el barrio de EL PORVENIR de Sevilla y la HERMANDAD DE LA PAZ, barrio histórico nacido con la Exposición Iberoamericana de 1929. Su nombre procede de la idea que surge a principios del XX de una arquitectura de chalets y calles con arbolado como ciudad del futuro... del "porvenir". En él tiene su sede la Hermandad del Señor de la Victoria y María Santísima de la Paz. La Hermandad de la Paz.
Por indicación de Felipe Retuerta, al que tan agradecido estoy por sus aportaciones, me he puesto tras la pista de Enrique Otte.
Enrique Otte nació por accidente en Madrid en el 1923. Su familia se trasladó a Sevilla, donde su madre regenteaba la pensión Otte en el barrio del Porvenir, conocida como lugar de alojamiento de escritores de la talla de Margharite Yourcenar, Henry Miller y del famoso historiador británico Trevor Roper, quien inspeccionó el cadáver de Hitler en el patio de la sede del Gobierno nacionalista-socialista (Reichskanzlei) por encomienda del Gobierno inglés.
Discípulo dilecto de D.Ramón Carande, era profesor de historia latinoamericana en la Universidad de Berlín, experto en las relaciones comerciales de España con los territorios del Caribe
Foto de la inauguración del campo de El Patronato en los actuales terrenos de las cocheras de Tussam
Un grupo de béticos de El Porvenir y la Huerta de la Salud está impulsando un proyecto de creación de una Peña Bética en el barrio. La "Péña Bética El Patronato" como me decía uno de ellos, recordando la histórica denominación del campo Bétis inaugurado en 1918.
Los interesados pueden ponerse en contacto con ellos a través del correo electrónico del amigo José Carlos Cabrera jcarloscabrera@terra.es
Imagen del campo de El Patronato con las casas de El Porvenir detrás
EL ESPEJO DE LA SEMANA SANTA
Francisco Robles
La Semana Santa de Sevilla es un espejo que atraviesa los siglos, un cristal donde se va reflejando la historia de la ciudad, y viceversa. Los acontecimientos históricos tienen su fiel reflejo en esta celebración que lo abarca todo, desde ese sentimiento religioso que adquiere una pureza que no se da en la mayoría de las liturgias celebradas al aire libre o bajo las bóvedas del templo, hasta el costumbrismo que mana de la vertiente cívica de la fiesta. Tan es así, que Roma deja su huella en las cofradías de barrio que lucen esos plumeros tan sevillanos aunque en esa época no hubiera Semana Santa.
Las cofradías, que vertebran la ciudad hasta el punto de confundirse con ella, se han ido fundando a lo largo de los siglos por circunstancias muy diversas que siempre tuvieron relación con el momento histórico en el que vieron la luz. No es casual que muchas hermandades se fundaran a mediados del siglo XVI, cuando Sevilla era puerto y puerta de Indias, cuando esta ciudad se había convertido en la metrópoli de Europa. Las circunstancias históricas también ayudaron a la fundación de la Hermandad de La Paz o del Porvenir, que como decía Núñez de Herrera, en esto también hay sus opiniones. La Paz se funda al finalizar la guerra civil, el hecho histórico más desgraciado de la historia contemporánea de la ciudad. La Semana Santa sufrió los rigores del conflicto tras una década convulsa en la que hubo años sin procesiones en la calle. Se quemaron iglesias y conventos. Y algún día se estudiará, sin los prejuicios de la media memoria histórica, la identificación de las imágenes con el pueblo durante aquella época. Como bien señala David Feedberg en su imprescindible libro “El valor de las imágenes”, el iconoclasta que destruye un icono le da una importancia que en algunos casos supera a la que le confiere el devoto. ¿Por qué? Muy sencillo. La persona que profesa devoción a una imagen sabe –o debe saber, que es distinto- que se encuentra ante un icono que representa a Alguien que está más allá. El iconoclasta, por el contrario, cree que al destruir el símbolo se carga el concepto, ya que no va más allá del significante. Para él, la Virgen es la imagen de madera, y el Cristo es el crucificado que ha salido de un taller barroco. No hay nada más. Este no es el tema del presente artículo, pero apuntado queda para que alguien lo retome con valentía y rigor.
Aquella Semana Santa popular de los felices años veinte pasó por la mencionada década convulsa de los treinta, y llegó exhausta a los años que dieron inicio al franquismo. La Semana Santa se convierte en una fiesta más oficial, más severa, menos espontánea. O eso pretenden los dirigentes de la época. En lo literario se observa perfectamente este cambio. Un ejemplo muy concreto. Rafael Laffón publica antes de la guerra un delicioso libro: “Ditirambo de las cofradías de Sevilla”. Cuando termina la contienda, Laffón reedita su obra pero le cambia el título: “Discurso de las cofradías de Sevilla”. Ditirambo sonaba a Dioniso, el dios griego que encarnaba el gusto por la fiesta carnal. En la primera edición aparecen unos nazarenos de la Macarena ebrios de alcohol. En el libro que dio a la imprenta tras corregirlo, los nazarenos ya estaban sobrios… Con esto se dice todo.
Después de la guerra civil ya no se escriben libros tan llenos de gracia popular como “Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa”, obra maestra de Antonio Núñez de Herrera. Ni salen a la calle esos libritos deliciosos que llevan el aroma del incienso mezclado con el serrín de las tabernas, como la colección de sonetos que lleva el título de “Lirios y claveles” y que se debe a la enigmática firma del Bachiller Fulano de Tal. Tampoco se registran esas crónicas vibrantes de escritores extranjeros como el argentino Roberto Arlt, ni aparece el surrealismo de su paisano Oliverio Girondo. Habrá que esperar unos años para que se acerque el británico Charles David Ley y vea la Semana Santa de la privilegiada mano de Rafael Montesinos: el resultado es un poema de gran calidad literaria que retrata una Semana Santa popular que persistió a pesar de las prohibiciones de la época.
Y es que la Semana Santa es, al final, lo que el pueblo sevillano quiere que sea. Han pasado los años y ahí están las cofradías. Libres de las adherencias del pasado. Como las imágenes, que a pesar de los años parecen recién salidas del taller de la memoria. Este año se cumplen los setenta de la hechura del Cristo de la Victoria. ¿De qué Victoria? De la que aparece en el sudario que pende de la cruz de la Canina: “Mors mortem superavit”. El Moreno del Porvenir, como lo llaman los iniciados en las claves populares de la fiesta, sale cada Domingo de Ramos como el sol: para todos. En realidad Él no cumple los años, porque es el Padre del tiempo. Los que cumplimos somos nosotros. O los ‘descumplimos’, si se me permite el palabro. Porque uno, que ya tiene más años en el debe que los que pueden restarle en el haber, vuelve a ser un niño cuando este Nazareno sale a la calle para enfrentarse directamente a la que tanto tememos y decirle cara a cara. “Muerte, ¿dónde está tu victoria?” Con minúscula. La mayúscula se reserva para Quien se la ganó como las buenas levantás: a pulso.